El verdadero valor del tiempo vivido

Como valoramos nuestro tiempo?Dedicamos suficiente tiempo a lo que nos hace feliz? Apreciamos realmente estos momentos de felicidad en el aquí y ahora? O quizás estamos continuamente buscando nuevas oportunidades, en constante competición con nosotros mismos, el vecino, el compañero, hermano, cuñado, etc. 

Que valor damos a nuestro tiempo. A continuación os dejo el cuento  “ El buscador” de Jorge Bucay una preciosa reflexión sobre el verdadero valor del tiempo vivido.

Jorge Bucay (Buenos Aires, 30 de octubre de 1949) es un psicodramaturgo, terapeuta gestáltico y escritor argentino. Nació en el barrio porteño de Floresta.

Realizó su formación académica en la Universidad de Buenos Aires. Se graduó como médico en 1973 y se especializó en enfermedades mentales en el servicio de interconsulta del hospital del Carmen de la ciudad de California y en la clínica Santa Mónica de la Provincia de Buenos Aires.[cita requerida] Comenzó su carrera de psicoterapeuta en el equipo de interconsulta del Colegio Pirovano. Luego, se formó como psicoterapeuta Gestáltico en Argentina, Chile y Estados Unidos, asistiendo a cursos, seminarios y congresos en Argentina, Estados Unidos, España e Italia.[cita requerida] Integró la Delegación Argentina que participó del Congreso Gestáltico Internacional de 1997, realizado en Cleveland, Estados Unidos. (Wikipedia )
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El Buscador
Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos.
Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada y una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.
El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Sus ojos eran los de un buscador y quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción:
“Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla y decía:
“Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”
El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba los once años.
Embargado por un gran dolor, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio que pasaba por allí se acercó, lo observó llorar en silencio durante un rato, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
– No, por ningún familiar -dijo el buscador- ¿Qué es lo que pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en este lugar? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados aquí? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente y que les ha obligado a construir un cementerio de chicos?
El anciano sonrió y dijo:
– Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré:
Cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de ahí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda, que fue lo disfrutado, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo…
¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media?… Y después… La emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana?… ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo?… ¿Y el casamiento de los amigos?… ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿Horas?, ¿días?…
Así vamos anotando en la libreta cada uno de esos momentos. Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo que hubo disfrutado, para escribirlo a modo de epitafio sobre su tumba. Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido.
[Esta historia está extraída del libro: Cuentos para pensar de Jorge Bucay]

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